lunes, 5 de diciembre de 2011

Aterradora soledad


Un estruendoso ruido se escuchó fuera, parecía como si algo se hubiese roto. Ana se levantó y miró a su alrededor. Nada. Algo intranquila, siguió revisando su correo. De nuevo ese ruido. Esta vez no se molestó en mirar. Estaba demasiado ocupada leyendo     e-mails. Decidió acostarse. Cuando se levantó, parecía como si hubiese dormido una eternidad. No se preocupó por la hora, era fin de semana. Fue a la cocina a desayunar.
-¡Mamá! ¿Quedan cereales para desayunar?- Nadie le contestó. Habrá ido al supermercado con Roberto y papá. Pensó. Miró en la despensa y encontró unos cereales. Estaban revenidos pero no le dio importancia y los devoró con ansia, estaba hambrienta. Miró la hora, ¡Las cinco de la tarde! ¿Cómo era posible? Cogió su móvil y llamó a mamá. Sonó en el dormitorio de sus padres. Llamó a papá, también sonó en el dormitorio.
-Roberto siempre lleva el móvil encima- Pensó. Ahora sonó en el salón.- Qué raro, llamaré a Flora a ver si sabe algo.- Tampoco lo cogió. Llamó a todos los números de teléfonos que tenía guardados en su móvil, nadie. Estaba aterrada. ¿Qué pasaba? Un rato después se acordó de lo que había ocurrido antes de dormir. Ese sonido escandaloso que escuchó, seguro que tenía algo que ver. Salió a la calle. Nadie. Las tiendas cerradas, las aceras vacías, los coches aparcados, no se veía un alma. Se echó a llorar. ¿Era la última persona del mundo? Estaba angustiada, un sudor frío corría por su frente. Decidió ir a casa. Se tumbó en la cama y lloró hasta agotarse.
- ¡Ana! ¡Venga, despiértate que es tarde!- Un voz conocida, la de su madre. Se alegró mucho al escucharla.- ¡te has tirado durmiendo todo el día! ¡Ni siquiera te despertaste con el sonido los cristales rotos!

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