sábado, 3 de diciembre de 2011

Una bola de algodón dulce

De pequeña, a menudo solía ir al campo con mi familia y siempre me gustaba tumbarme en la hierba y mirar al cielo a contemplar las nubes e imaginarme formas que, para una persona de mi edad actual o superior, es imposible de imaginar.
Me encantaba el olor de la hierba, el frescor de los árboles a mi alrededor, el cielo... en fin, todo eso hacía que mi imaginación corriese a toda velocidad.
Una tarde de otoño, estaba yo en un pequeño caserío situado a las afueras del pueblo contemplando las nubes. Aquello estaba rodeado de unos esbeltos y fragantes eucaliptos y un agradable airecillo corría a mi alrededor. De pronto vi una nube con una forma muy singular; dependiendo del ángulo en la que la mirase, me parecía una cosa u otra. Si me ponía de pie, le veía forma de un feroz oso, si la miraba tumbada, era una hermosa bailarina danzando al son del viento. De repente, perdí de vista a la nube. Me puse como una loca a buscarla por el cielo, pero no la divisaba, cuando inesperadamente me la encuentro delante de mí, entre aquellos árboles y tan cerca de la superficie. Me hizo una especie de gesto, como diciéndome que subiera en ella. No me lo podía creer, desde siempre había soñado con poder subir a una nube y en aquel momento lo tenía delante de mis ojos. Sin pensármelo dos segundos subí a ella y me ascendió a lo más elevado del cielo, donde los altos edificios perecen diminutas hormigas y las personas ni siquiera se distinguen.
Reclinada en ella, podía notar que era muy esponjosa y suave, parecía una enorme bola de algodón dulce, me parecía incluso que olía a azúcar caliente. En el camino nos encontramos a una bandada de pájaros que decidió seguirnos en nuestro paseo vespertino durante unos minutos.
Pude contemplar la desembocadura de un pequeño riachuelo cercano, los grandes barrancos parecían surcos que había trazado un arado. Entre tanto barullo pude distinguir el polideportivo municipal y poco a poco notaba que la enorme bandera que ondeaba , iba desapareciendo muy lentamente, cada vez más pequeña, hasta hacerse casi imperceptible.
El viento nos arrastraba y noté como íbamos descendiendo lentamente, hasta que, sin saber cómo, sentí una enorme sacudida y me caí. Aterricé sobre un monte no muy lejano. Solo me hice unos rasguños pero sentí unos ligeros mareos. Anochecía y estaba muy asustada, no sabía como iba a salir de aquello y la nube había seguido su camino sin mí. Empecé a llorar sin consuelo, no sabía cómo reaccionar y lo más importante, cómo les iba a explicar a mis padres el tiempo ausente. Me tumbé en la hierba porque me sentía aturdida y confundida, pensé que allí podía planificar mejor mi regreso. Repentinamente, escuché una voz femenina, me puse muy contenta, ¡Era la voz de mi hermana! Me incorporé y todo el paisaje de mi alrededor me resultaba conocido y es que seguía en la misma pradera en la que todo había empezado.
No comenté nada de lo sucedido porque supuse que nadie me creería y pensé que todo había sido fruto de una pequeña siesta o que la imaginación me había jugado una pasada, aunque a la mañana siguiente, con la luz del día, descubrí aquellos rasguños en mis brazos y piernas y el olorcito a azúcar tostada aún seguía en mi olfato. Eso me recordó al maravilloso paseo de la tarde anterior.

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