domingo, 4 de diciembre de 2011

Verdes y rosas

Elisa se sumergía plácidamente en la lectura, tumbada en su mullida cama rosa, alumbrada por esa tenue luz de su lamparita de noche colocada justo al lado izquierdo.
Leía todas las noches, invocada por ese libro, llamada por esa historia, aquella niña, la que cantaba bajo la lluvia, saltaba sobre los charcos, gritaba al vacío y hacía todas aquellas locuras con las que Elisa soñaba.
Iba en avión, con sus viejas botas de agua verdes y rosas, encaminada hacia una nueva aventura. Un nuevo país para conocer, una nueva ilusión para vivir. En el aeropuerto la esperaba su tía, aquella de la que siempre había escuchado hablar pero no había visto nunca. La reconoció enseguida, estaba harta de ver fotos de ella por toda la casa de la abuela.
La casa de la tía estaba situada cerca de un parque lleno de niños con los que podía jugar. Después de ver toda la casa y comer algo, le pidió permiso a la tía para ir al parque, estaba deseosa de explorar aquel nuevo territorio que desconocía.
Empezó a cantar, a cantar muy alto, tanto, que todos los niños empezaron a mirarla.
Elisa escuchó un ruido fuera, le interrumpió su lectura. Por el pequeño caminito de al lado de su casa había una niña, cantaba muy alto y llevaba unas preciosas botas de agua verdes y rosas.

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